LA ISLA DE LAS OSTRAS


Por: Luis Burón-Barahona / La Prensa

 El hombre diestro en recolectar las ostras de Tonosí no está. Se fue al otro lado de isla Cañas para cruzar a unos niños que iban de excursión escolar. No había caso en llamarlo, pues no tiene celular. En realidad, nadie en la isla lo tiene. Cualquier comunicación es por teléfono fijo o con mensajero. La espera es un estado permanente.

A lo lejos regresa la lancha blanca que fue a buscar a Eduardo Batista. Regresa erguido en el banco delantero, atento a quienes lo han invocado. Le explicamos que queremos ver las famosas ostras de isla Cañas y de inmediato volvemos a partir. No es muy lejos del muelle, apenas a unos 100 metros de distancia.

Eduardo saca una cuerda debajo del agua y después una, dos, tres, cuatro cajas. Hasta que encuentra la que busca. “Todavía no hay ostras grandes. Aquí debe haber un par de medianas”, advierte. Luego le saca la cuerda, la sube a la lancha y volvemos.

Hace unos cinco años un grupo de isleños creó una asociación para dedicarse al desarrollo de ostras, cuenta Enedina Batista, corregidora y encargada de la iniciativa. “Se hizo un estudio del agua, se plantó el plan piloto con un grupo de 20 personas. El estudio duró cuatro años y de ahí comenzamos”, explica.

Sus clientes son mayormente comerciantes del área. El restaurante Panga, en Pedasí, es uno de ellos.

En el pueblo de Cañas viven unas 600 personas y la paz es absoluta. Apenas si un hombre en moto irrumpe el silencio para ofrecer concha negra debajo de un palo de mango. A la isla se llega de dos modos: por la carretera de Pedasí o por la que viene desde Las Tablas. Después de unas cuantas curvas y otras cuantas rectas, aparece un pequeño muelle rodeado de un manglar espeso. Allí se toma una lancha que demora más o menos 10 minutos en cruzar el brazo del Pacífico, que allí forma una especie de ensenada alrededor de la isla barrera. Es área protegida y uno de los lugares distinguidos por las tortugas para anidar.

Pero Eduardo conoce es de ostras. Caja en mano, regresa al muelle y la abre con mucha fuerza. Se lamenta, dice, de que las ostras son muy pequeñas. Saca unas cuantas y vuelve a cerrar la caja de plástico, que funciona como una especie de arrecife artificial. Se despide y el sonido del motor del bote se aleja de la isla, que vuelve a sumirse en un profundo silencio.

la comida y yo, yo y la comida

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